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Cómo me gustabas vestido de ti, con ese tu olor a sol mediano, a limón triste, a cáscara de lluvia quitada de la tarde. Cómo me gustabas caminando como tú bajo la ensalivada noche, entre calles golpeadas por la oscuridad y el sudor de la hora última, y voces que parecían venir de mariguanos árboles. Cómo me gustaba, a partir de ti, de conocerte, cómo me gustaba tu nombre, cómo me gustaba que te llamaras así, que yo te llamara así. Me gustaba tanto oírme decir tu nombre. Y las madrugadas en las que aparecías como de la nada, como traído por la aterradora silueta de un inmortal. Cómo me gustabas mirándome, entonces yo era del mismo color de tus ojos. Me gustaba que fueras peligroso, que te temieran tanto las mañanas y las noches. Que me abrazaras como se abraza un árbol cuando la sangre lleva horas caminadas por el alcohol. Y tu masculinidad que siempre estaba a punto de atropellar a alguien, y de perderlo, de perderla. Cómo me gustabas cuando estabas en tu cuerpo, cuando salías de bañarte y te quedabas sin mirarme por horas. Cuando se te despertaba la vida y parecías un demonio de buena sangre, un asesino de sueños, un vagabundo de alcurnia. Cuando me besabas porque sí, porque te dio la gana besarme y despertar mis labios de su malvada realidad sin hojas. Todo lo dejé por ti, y lo dejaría nuevamente. Todo lo dejaría. Porque más que amarte me amaba tanto cuando estabas conmigo. AE Quintero, Porque a veces el corazón se siente como ir montado en un caballo. Poesía reunida 1996-2019, México, Editorial De Otro Tipo, 2
