La plegaria -o la oración o el rezo-, nos dice Jung, nos hace entrar en relación y tensión dinámica con el inconsciente.
Como si nada, en su libro más controvertido – al menos de los que publicó en vida-, C. G. Jung deja una nota al pie:
La plegaria, por ejemplo, refuerza el potencial del inconsciente, de esta forma se explica el a veces inesperado poder de la plegaria.
La plegaria o la oración o el rezo-, nos dice Jung, nos hace entrar en relación y tensión dinámica con el inconsciente. Esto es muy importante, pero es necesario explicarlo.
Jung considera que el inconsciente es la fuente de instintos, imágenes y hasta propósitos no sólo individuales sino también colectivos, es «el tesoro espiritual de la humanidad», un gran océano en el que está registrada toda la historia de la humanidad y posiblemente del cosmos.
Un fondo que además parece tener una intencionalidad o propósito, que es unificar la psique, integrar los opuestos, hacer completo al ser humano, algo que es equivalente a lo que en la tradición cristiana es llamado teosis -la divinización del hombre- y en el hinduismo es la realización del Atman.
Jung, sin embargo, no afirma que el hombre se convierta en dios a través de la manifestación de su inconsciente, sino que el inconsciente en su hacerse consciente produce imágenes similares a las que se han generado en las grandes religiones y que dicho proceso es acompañado de un efecto numinoso, o de una sensación de encontrar sentido en la vida.
A lo largo de su obra Jung sostiene que el inconsciente es algo así como un monstruo divino, maravilloso y terrible que responde a nuestra atención e interés. Rezar es una forma de ponerle atención a este fondo de energía e inteligencia misteriosa que es parte de nosotros -la parte más grande de lo que somos, «el socio mayoritario»-.
Esto mismo puede ocurrir, por ejemplo, cuando realmente hacemos un esfuerzo por acordarnos de nuestros sueños: algo se agita en lo hondo y empieza a simbolizar (el inconsciente se comunica a través de símbolos o imágenes que comunican algo inefable y trascendente).
Rezar es en cierta forma rezarnos a nosotros mismos, pero en nosotros mismos hay una fuerza desconocida y autónoma, la cual puede imponerse sobre nuestra voluntad y darle sentido a nuestra vida. Una fuerza a la vez ctónica, celeste, titánica y demoníaca. El ser humano sólo encuentra verdadero sentido cuando se siente parte de algo más grande que su ego.


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