En nuestras peores bajezas es donde las sombras de nuestro inconsciente se dejan ver.
Es como el dolor de una enfermedad: nos grita que tenemos que sanarla. Pero ay de aquel que esté enfermo y en su enfermedad no sienta dolor alguno.
La muerte le llegará sin ningún aviso. El pervertido y el desdichado conviven día a día con sus miserias, a un paso están de tomarlas por el cuello y aniquilarlas.
Aprender a mirar deben tan sólo. Mientras tanto el otro, el que se piensa sano, habrá de buscar a las sombras profundamente en las raíces de su ser.
Estarán ahí seguramente, riéndose en la oscuridad, hasta que la llama de la introspección les alumbre la cara. 